domingo, 13 de marzo de 2016

Y su rostro se tornó cuarto menguante

Un día el tren paró en medio de la nada. No entendía por qué paraba allí; quizás una avería, algún obstáculo en la vía… aunque lo que más extraño me resultaba es que este tren nunca paraba. A los pocos minutos retomó su marcha.

-Nada, todo sigue igual-

Unos pasos se oyeron en aquel solitario vagón. Eran pasos rápidos pero cortos, y no hacían mucho ruido. Pasó de largo, pero se detuvo, se dio la vuelta, y se sentó frente a mí. Yo seguía con la cabeza apoyada en el cristal y la mirada perdida en el desierto de afuera.

-Están todos los asientos vacíos y se me sienta enfrente…tssss-

Cuando alcé la mirada no lo podía creer… ¡Era la chica que describía para mí, en su mente, la camarera del vagón restaurante!  Sí, sí, la misma que recogí en la hoja anterior de este diario:

-Seguro que es una chica tímida, de esas vestida con pantalón vaquero y sudadera ancha. Quizás tenga gafas y lleve una carpeta llena de papeles con apuntes, escritos, pensamientos, o un libro de los grandes clásicos. Seguramente lleve el pelo suelto, liso, con olor a recién lavado. Sus manos serán pequeñas y suaves, sus ojos grandes y oscuros, y vaya sonriendo sola por la calle-

No creo en las adivinas, el destino, las meigas ni nada por el estilo, pero ocurrió… aquella vez ocurrió. Me miró con sus grandes ojos, me sonrió, y levité por unos segundos. No sería la primera vez que este maldito tren me presentase un espejismo, así que me levanté para comprobar que era de verdad y la abracé.

-No quiero que te vayas-

Por unos días hablamos, hablamos y hablamos. Compartimos, reímos, caminamos, besamos… Fuimos al vagón restaurante y pedimos un menú para dos. La camarera nos recibió con una sonrisa cual luna nueva en fase visible.

-Por fin mis pensamientos se hicieron realidad. Esta vez no comerá solo-

Siempre solía dormir en el asiento del camarote del tren, pero esa noche merecía abrir la cama. Y la noche se tornó de azúcar; nos confundimos con el vaivén del tren, y dormí como un cachorro después de jugar. Por primera vez en mucho tiempo me despertaron los rayos del sol en la cara. Me volví hacia la ventana todavía con la sonrisa puesta… pero ya no estaba.

-¿Habrá sido un sueño? No me jodas…-

Pero su olor seguía impregnado en la almohada. Saqué la cabeza por la ventana y a lo lejos se veía una estación junto al mar. Ya no había nadie en el andén, y el tren se adentraba entre montañas. Plegué la cama, me volví a sentar mirando a la ventana y preferí que hubiese sido sólo un sueño. Cambié el cartel de picaporte del “por favor, no molesten” al “pueden hacer la habitación”, y el gesto de la camarera se tornó cuarto menguante.

-No te preocupes, mujer, que la luna siempre trae una nueva fase. Yo ya he aprendido. Ahora quiero un desayuno para tres, que necesito reponer fuerzas para el cuarto creciente J -


Y volví a mirar hacia el infinito pero esta vez como en un estado de anestesia. ¿Próxima -parada? Bueno, tampoco importa mucho, y menos tratándose de este tren. Quizás sean cosas de los viernes 13. Quizás tendría que pensar más en el camino que en lo que me deparen las estaciones.





domingo, 6 de diciembre de 2015

"Póngame un menú para dos"

Uno de los días llegué al vagón restaurante y pedí un menú para dos. Llevaba tanto tiempo pidiendo un menú para uno que a la camarera se le iluminó la mirada. De repente, mientras esperaba mi comida, entré en una especie de trance; entré en la cabeza de la camarera, me colé en sus pensamientos:

"Con la de tiempo que lleva este muchacho montado en este tren... ¿quién se habrá subido como para pedir el menú doble? Seguro que es una chica tímida, de esas vestida con pantalón vaquero y sudadera ancha. Quizás tenga gafas y lleve una carpeta llena de papeles con apuntes, escritos, pensamientos, o un libro de los grandes clásicos. Seguramente lleve el pelo suelto, liso, con olor a recién lavado. Sus manos serán pequeñas y suaves, sus ojos grandes y oscuros, y vaya sonriendo sola por la calle.

Parece que los esté viendo. Seguro que se montó en la última parada y se sentó al otro lado del pasillo, y en un descuido, al móvil del chico se le salió el conector del auricular, se oyó fuerte la música que escuchaba, y la muchacha pensó: 'no me lo puedo creer... también le gusta'. La chica pasaría a su lado y se le caería la carpeta, y algunas de sus tantas pegatinas llamarían la atención de él. Ese sería el comienzo de una conversación en la que sus coincidencias irían en aumento.

Qué lindos... Me los imagino cruzando la mirada y agachando la cabeza por la falta de confianza del principio. Seguramente más adelante sean de los que vayan por la calle cogidos de la mano, con los dedos entrelazados, dándose golpecitos con las caderas y mirándose con ojos pícaros. Los fines de semana irán de viaje, turnándose entre destinos culturales y pueblecitos perdidos. Serán de los que nunca reserven, sino que cojan camino y donde acabe el día, ahí se hospedarán; irán a la aventura.

Qué me alegro por él. Aunque por otra parte... es posible que se baje de este tren y le pierda la pista. Pero bueno, mientras sea feliz... ¿qué me importa a mi dónde lo sea?"

A los cinco minutos estaba listo mi pedido. Lo recogí, pagué, y cuando estaba saliendo del vagón restaurante oí a la camarera que me decía sonriente: "¡que lo disfrutéis!". Qué linda... seguramente habrá pensado que hoy cenaría con alguien. Lo que no sabe es que mi mesa lleva tiempo vacía y el menú me lo comeré yo solo. Hoy lo pido doble para celebrar... bueno, ya se me ocurrirá qué celebrar. Ahora seguramente se preocupe cuando vuelva a pedir el individual.

A lo mejor algún día comparta menú. Pero esta noche me atiborraré y me dormiré con el vaivén del vagón pensando que alguien comparte mi cama. Parece que este tren tarda en llegar a su destino, aunque la tinta del billete se borró con el paso del tiempo y sigo sin saber a dónde se dirige.



martes, 20 de octubre de 2015

Y esta noche, sin razón, he vuelto a recordar

Esta noche, sin razón aparente, cuando nada me hacía recordar, he recordado. Hacía ya mucho que no recordaba aquél tiempo, como siempre, precedido de un viaje en tren. El tren de nuevo, el dichoso tren.

He recordado nuestra "infancia", nuestros primeros momentos, aquella casualidad, más que color de rosa, color naranja. Recuerdo aquél día entre el barullo, lío de papeles, maletas, desconocidos que se iban a conocer. Yo parecía un ejecutivo con mi carpeta repleta de papeles intentando mediar con la administración, y tú apareciste como otra más. Pero no eras otra más, eras tú; eras la presencia de la casualidad hecha carne, el silbido de un pájaro que se podía palpar.

He recordado besos tímidos, besos robados, besos buscados y besos plenos. Caricias disimuladas, caricias descaradas y descaro sin caricias. Perfección. Una cama hecha y otra deshecha. Son flashes que me han venido sin tener que venir, sin estar pensando. Se suponía que ya te habías ido del todo, que ya no quedaba presencia tuya salvo en el mundo de los sueños, en una esquina del subconsciente, y vas y aparecer en plena vigilia.

No son olores, no son fotos, no son objetos... son momentos, acciones u omisiones que me hacen recordar escenas de las que vivimos en nuestro principio. Una habitación no usada, un colchón en el suelo, unas vistas desde lo alto de un castillo, y un adiós en el andén. 

La vida está llena de decisiones que, dependiendo de la que tomes, ocurrirá una cosa u otra en tu futuro. Pasa como el tren: no es lo mismo el sur que el norte, ni que el noreste. Las vías terminan siempre, pero se puede volver atrás y tomar otro desvío. Aunque a veces hay peligro de descarrilamiento, y también de que el andén esté vacío, y desees haber descarrilado.

Yo creo recordar que tomé el tren correcto, aunque no sé si fue correcto el día y la hora. No recuerdo por qué tomé aquella decisión, pero claro está, determinó en parte mi actual presente, y mi futuro. El quid de la cuestión es que no sé por qué recuerdo precisamente hoy, precisamente a estas horas, y precisamente estas escenas. No pongo en pie cuál habrá sido el detonante o el estímulo, pero aquí estoy: nocturno, somnoliento, insomne y escribiendo. Quizás sea un sueño y lo que escribo se borrará con la primera luz del día. 

Mejor me acuesto y que iaw sha'a Alláh (لو شاء الله).



Y a las estrellas pobres, 
las que no tienen luz,
¡qué dolor, que dolor, que pena!,
están abandonadas
sobre un azul borroso.

¡Que dolor, qué dolor, qué pena!


No puedes contemplarte 
en el mar
Tus miradas se tronchan
como tallos de luz.
Noche de la tierra
                                                         Federico García Lorca


martes, 30 de junio de 2015

Yo m'enamorí d'un ayre

¿Sabes eso de que cuando sueñas, las personas que aparecen en tus sueños y aparentemente no conoces, no son inventadas por tu mente? Puede ser gente que incluso te hayas cruzado sólo una vez en tu vida, de paso, de refilón, pero tu subconsciente las ha guardado en algún rincón.

Y así me enamoré de ella. Habíamos estado en un aula de algún instituto/facultad en la que yo era profesor o ponente. Nos sentamos en corro y nuestras miradas se cruzaron varias veces. Había otra chica que me hacía gestos descarados; muy maquillada y resultona, pero no me fijaba en ella, sino en la otra, más sencilla, algo tímida y con miedo a preguntar aunque con aparente inquietud.

Era de noche, y paseábamos en grupo por unas callejuelas estilo judería. Podría ser Córdoba, Toledo, Sevilla... pero no reconocía aquellas calles. Los demás iban delante y nosotros más despacio, el uno junto al otro, rozándonos las manos al andar como sin querer pero queriendo. Llegó un momento en que nos quedamos solos. Me miró, la miré, y antes de que pudiese bajar la cabeza de vergüenza, la besé. Me abrazó y suspiró como de alivio. 

Recuerdo su cara, recuerdo su cuerpo, e incluso cómo iba vestida... pero no encaja con nadie que recuerde haber conocido. Quizás alguna vez me la crucé en alguna parte, nos miramos, y nos guardamos en la cabeza. Quizás, quién sabe, ella también ha soñado conmigo y se ha quedado con la misma sensación, con esa seguridad de que no sería una persona de transición, de que nuestras vidas hubiesen encajado como un puzzle.

Pero el sueño tiró por otros derroteros. Algo hizo que tuviese que marchar pero me quedé con su número de teléfono. Cuando estaba escribiéndole un mensaje para expresarle de nuevo lo maravilloso de aquél momento, desperté. Y todavía me invade una sensación amarga, porque sé que era ella la destinada, la elegida, la otra naranja entera que me complementaba.

Es amargo enamorarse en un sueño...es como enamorarse de un aire.





jueves, 2 de abril de 2015

Y hace ya un año que nos soltamos

Parecía una premonición, como la crónica de una muerte anunciada de García Márquez pero sin una defunción física.

Recuerdo aquél tren; tres horas de vagón vacío, pero no me importaba porque iba fantaseando en mi mente con los días que nos esperaban. Cómo no, siempre el tren...mis historias con los malditos (o benditos) trenes. 

Recuerdo que habíamos hecho planes, muchos planes, uno detrás de otro, todos los días cargados, como si nos fuese la vida en ello. Y en cierto modo, una parte de la vida sí que se iba. Ciudades, naturaleza, pasión, risas, abrazos, largas conversaciones...

Recuerdo...que cada vez que me montaba en el tren de vuelta pensaba: "¿y si es la última vez y no me he despedido del todo?". Pero nunca se sabe cuándo es la última vez.

El tiempo pasa, las cosas pasan, el río renueva su agua constantemente con la corriente...pero la mente no fluye tan rápido, o tiene estanques donde el agua más pura se queda guardada. Siempre está la tentación de beber un sorbo de nuevo, pero su olor, su sabor, su textura...harán que una falsa fantasía pase por delante de tus ojos y te deje más sed de la que tenías.

Yo recuerdo...claro que recuerdo. Mi mente es como una caja de cartas que se releen cada cierto tiempo, y esbozas una sonrisa o una lágrima. Mi mente es como una caja de música a la que si le das cuerda rescata las canciones que nos hacían vibrar juntos. Mi mente, mi dichosa mente, tiene grabado el último viaje hacia ti, tiene grabada tu mirada, tu silueta, tu sonrisa...

Recuerdo que no hubiese querido recordar todo esto, sino seguir viviéndolo, porque de recuerdos no se vive ni se sobrevive. El tren, el maldito tren...sobre él recaen mis culpas de no volver, aunque sea como un chivo expiatorio. El tren, el que tantas aventuras y desventuras me trae...

Lo recuerdo. Fue hace un año, en el mes de nissán, cuando nos soltamos de la mano sin saber que sería el último tacto.



miércoles, 31 de diciembre de 2014

El último tren de 2014

Muchos han sido los trenes que he tenido que tomar este año...y muchas las estaciones en las que me he quedado esperando al tren correcto. En realidad cada día estoy más concienciado de que no existe el tren correcto, sino algunos de cercanías que te dejan en otras estaciones, y tú decides si coges otro cercanías, un media distancia, o un interregional. La alta velocidad me gusta pero hace los trayectos demasiado cortos.

Creo que si me diesen a elegir, elegiría sin duda los media distancia. Son los que me han llevado a más sitios, me han hecho vivir mejores experiencias, y en su trayecto me ha dado tiempo a prepararme para lo que me esperaba en la estación de destino.

Y recuerdo, sobre todo, los últimos. En las horas de viaje me daba tiempo de pensar, de leer, de ver alguna que otra película...e incluso de no querer tomarlo de vuelta a los pocos días. Sabía que lo primero que me encontraría al bajar sería una sonrisa, un abrazo, un beso, y unos días de flotar en una nube de ilusión. Es más, hay sitios que me siguen recordando tanto aquello, que diariamente paso por una larga avenida similar con un castillo al fondo que me pone nostálgico.

Después de un tiempo podría decir que ya no dueles. Ha costado...vaya que sí. Ese cobrecogimiento en el pecho durante un tiempo parecía que no quería irse. No sé si no quería irse o yo no quería echarlo. Sabía que era necesario, pero la adaptación a lo nuevo siempre cuesta...y más cuando no sabes qué es lo nuevo. Por experiencia, sé que siempre es una estación más en la que esperar; a veces con más frío, otras veces resguardado...pero al fin y al cabo, una sala de espera.

Después de un tiempo podría decir que ya no dueles...o quizás es mi mente la que quiere pensar que no dueles porque duele pensar que duelas. No es fácil entender a la mente, y menos cuando el Ello puede más que el Superyo en los sueños. A veces pienso que vivo en una especie de nube de cloroformo que me evita pensarte, pero en el mundo de los sueños estoy totalmente indefenso. Mi armadura no funciona allí, e incluso puede llegar a debilitar la armadura consciente. 

Hoy se acaban los trayectos de 2014, y no tengo ninguna hoja de ruta para 2015. Guardo los billetes pasados para no olvidar que me trajeron felicidad, aunque sí he tirado ese último billete que me hizo no volver más.

"Y ha seguido días y días, loca, frenética, en el enorme tren vacío, donde no va nadie, que no conduce nadie."

Dámaso Alonso












lunes, 13 de octubre de 2014

Valdesola del Olvido VIII

En una de las paradas que hizo mi tren sabía que te iba a encontrar. Iba ilusionado, con mi uniforme de gala, dispuesto a combatir en aquella guerra. Fuimos cientos, miles, millones...pero te supe distinguir al poco tiempo en la batalla. Fue un largo camino llegar al punto P a la hora H hasta encontrarnos con nuestro reducido ejército del que decidimos desertar para unirnos a una causa más común. Gritamos, corrimos, reímos, nos miramos...olvidamos la guerra para sintonizarnos mutuamente.

Se oyeron disparos; el enemigo había cruzado el frente sin previo aviso, y nuestros aliados corrían. Bloqueados por unos segundos, nos cogimos de la mano y corrimos; corrimos sin rumbo, ya no recuerdo si con la corriente o a contracorriente, sólo sé que nuestras manos no se soltaron. Me centré en ese punto: el roce de tu piel con mi piel; me estaba dejando llevar en exceso por las pasiones y esa flaqueza podía descubrir nuestra posición al enemigo, pero no me importó.

Llegó la tregua, obtuvimos nuestros salvoconductos, y entre las barreras de los soldados imperiales nos despedimos con un largo beso. Mi estación no era la misma que la tuya; nuestras vías se dirigían hacia distintos destinos, pero hacía tiempo que luchábamos para encontrar la estación común. Pasé miedo...Estaba todo oscuro y el gran pasillo de mercenarios me observaba como queriendo atacarme. Por los pelos, sólo por los pelos me monté en mi tren.

Quedaba un largo camino hasta mi país, y la noche se me hizo llevadera hasta que crucé la frontera. Fue en ese momento cuando un escalofrío recorrió mi espinazo y pensé: "¿y si ésta ha sido la última batalla?". Por lo menos había salido ileso. Pero duró poco. Al llegar a mi estación, allí me esperaban; de nuevo una fila de mercenarios mentales, camuflados, me pusieron una capucha y me encerraron en un calabozo oscuro.

La oscuridad se hacía dura, y más duro era escuchar voces familiares fuera...Mis verdugos me conocían y sabían mis puntos débiles. Allí me tuvieron en un estado de sollozante sopor hasta que decidí despertar. Muy poco a poco comencé a excavar un túnel con las uñas y me autocondecí la libertad condicional. Mientras trabajaba tuve tiempo de pensar, de llorar, se asumir que nada sería lo mismo. Y así fue; el final de mi túnel me llevó a un recinto con muchas vallas que saltar para volver a ser libre. No era lo que esperaba, pero cada valla que saltaba era un obstáculo menos para llegar al sol.

Efectivamente fue nuestra última batalla juntos. No sé si volamos tan cerca del sol que nuestras alas de cera se derritieron, o si por el contrario, el frío las cristalizó y un golpe las rompió. Ahora queda la cicatriz de esas alas, cerrándose poco a poco, aunque con un hueso vestigial que me acompañará por siempre.

Mejor me voy al vagón restaurante; creo que si me alimento bien me volverán a crecer las alas.